Revolotea desde la niebla

Revolotea desde la niebla

Por José Enrique León

Mi hermano Rafa me propuso antes de Semana Santa que leyera su nuevo libro para detectar posibles correcciones. Se titula Desde la niebla. Cuenta la biografía de Avelina, una mujer corriente que tuvo una vida azarosa llena de recuerdos valiosos hasta que los borró una puñetera enfermedad con nombre de alemán. Lo leí rápido y me emocionó. Apenas corregí unas cuantas expresiones que sonaban demasiado técnicas en boca de una mujer sin mucha cultura y propuse incluir un árbol genealógico para facilitar la comprensión del parentesco de una familia bastante numerosa. Pregunté a mi hermano si eran reales algunos pasajes de la historia que me parecían increíbles y me dijo que sí. La realidad supera la ficción a menudo.

Es la historia de la madre de Paco, que fue concejal de cultura del Ayuntamiento de Getafe en una de las primeras corporaciones democráticas tras la muerte de Franco. Durante su mandato propició la creación del conservatorio y de la banda de música de Getafe. Paco es un relaciones públicas extraordinario, tanto como para llenar el teatro para presentar una novela.

La presentación fue el 23 de abril, Día del Libro. Me encargué de repartir algunas invitaciones a amigos y familiares en la puerta del teatro. Había un cierto bullicio y excitación que anticipaba una celebración memorable. Mi madre, con 98 años, se sentó en primera fila junto a mi suegra y otros familiares en un lado del patio de butacas. Al otro lado estaban las autoridades locales y otras personalidades como el presidente del club de fútbol local.

La presentación fue breve y buena, como predica el aforismo de Baltasar Gracián. Presentó
Martín, cronista oficial de Getafe. Habló el alcalde de Totanés, pueblo natal de la protagonista, y la alcaldesa de Getafe. Después, Paco comentó los objetivos del libro: dar más visibilidad a la enfermedad de Alzheimer y conseguir una mayor inversión. La idea de publicar un libro sobre su madre se la inspiró un artículo de Isabel Coixet en el verano de 2025. La cineasta afirmaba que «por primera vez entendió que sus padres también eran personajes de una novela que ella no había leído». Coincido con la directora en que cada vida se merece un libro o una película.

He dado talleres durante varios años dirigidos a personas mayores en los que conversábamos sobre los mejores momentos de la vida. Es una actividad que aumenta el bienestar. Al final de curso celebrábamos como clausura una presentación para los familiares y nadie pestañeaba escuchando con admiración las anécdotas más jugosas de unas vidas largas y valiosas. Llamo «efecto cuéntame» a la fascinación que produce conocer historias vividas antaño. También he escrito un libro sobre la parte positiva de la vida de mi madre titulado Todos los días eran buenos. Cuando la entrevisté, me di cuenta de que no la conocía. De la mayor parte de su infancia, juventud y vida adulta no tenía ni idea.

Después de este salto atrás, regreso al teatro para que no os perdáis lo que explicó el novelista. Comentó el origen del libro: una propuesta de Paco, detrás de una copa de vino, acogida al principio con reticencia. Para Rafa ha sido la primera novela que ha escrito con el guion ya hecho. Ha sido para él un reto técnico hacer la novela atractiva para el lector. Es una historia real al 95 % con el telón de fondo de la migración.

Habló también Leocadio, jefe del servicio de geriatría del hospital de Getafe. Expresó muchas ideas interesantes con una voz grave, muy radiofónica. Dijo que detrás de cada paciente hay una biografía y resaltó que todos tienen vidas novelescas con algo interesante que merece ser contado. No hay una sola vida que no sea digna del máximo respeto. Destacó una frase de Avelina: «El cerebro pierde la memoria, pero el corazón no». Terminó valorando el papel de los cuidadores.

Luego hubo un turno de preguntas. La hija de Paco pidió que contaran alguna anécdota del viaje a Larache (Marruecos) para documentar el libro. Paco estaba demasiado emocionado para contestar y Rafa salió al paso con algunos chascarrillos.

Quedaba todavía una sorpresa para el final. Juan Diego y su hijo Víctor, a los que también enredó Paco para homenajear a su madre, cantaron una canción escrita ex profeso para el libro. Juandi, al presentar la canción, contó que su madre también padece Alzheimer. Cantaron a dos voces la canción «Revolotea», acompañados con la guitarra y la flauta travesera. Tiene una letra muy hermosa. Emociona, más si la escuchas pensando en el diálogo entre un hijo y una madre que ha perdido sus recuerdos:


Revolotea,
mi imagen en tu memoria
revolotea.
Saluda, mira y se posa,
deja un vuelo sin recuerdo
y se escapa por la azotea.

Ese pájaro infinito,
cada sol y cada luna,
se escapa de tus delirios
y siempre deja alguna pluma.
Quisiera poder tumbarme
en el colchón de nuestra historia.
Arroparme, acurrucarme
y dormirme en tu memoria.

El segundo entre lo hablado
y lo apenas entendido,
lo escuchado, lo sentido,
lo vivido, lo llorado
en mi poema…

Cuando repetían el estribillo al final de la canción, Juan Diego se quebró por la emoción. Víctor estuvo al quite y siguió cantando la segunda voz, mientras posaba una mano de consuelo en el hombro de su padre. El auditorio rompió a aplaudir y las lágrimas surcaron las mejillas de más de uno. Por encima de las butacas revolotearon muchas emociones liberadas de su prisión de silencio. La admiración por contemplar algo muy hermoso creó una «común unión», una sensación de pertenecer a algo más grande. El dolor compartido se divide a la mitad y la alegría acompañada se multiplica.

Terminaba Isabel Coixet su artículo afirmando que «los finales son solo comienzos disfrazados». La presentación terminó por todo lo alto, con mucha emoción, que viene de emovere, que es ponerse en marcha. Ojalá que este libro sirva para que las personas que pierden la memoria no pierdan también la dignidad.

José Enrique León
28 de abril de 2026