Fricción invisible

Fricción invisible

Nací justo antes de los setenta en un pueblo extremeño donde el deseo de una mujer no tenía cabida; allí la norma dictaba que el fuego interno femenino nace en el roce de la piel. Se equivocaban. El verdadero instinto, el que arde sin aviso, despierta mucho más arriba: en la mente.

Exploré mis propios instintos prohibidos sumergida en la escritura de literatura erótica, oculta durante demasiado tiempo tras el seudónimo de Philomena, con pe y hache; «Amante de la mente» en griego. Bajo su piel creé un refugio en el blog Entreabierta y viví el sexo a través de un teclado cuando mi realidad carecía de él.

Yo estaba seca, y Philomena me alimentaba con sus relatos eróticos. Hasta que, ya dueña de mí misma, apareció él. Y no hablo de Tiago: seducir el intelecto de una mujer como yo exige más destreza que cualquier acrobacia de dormitorio, y él no tenía ni lo uno ni lo otro. Con Valentín las manos sobraron; fue capaz de usar solo palabras para desvestirme por completo. 

Después de despedirnos, me bastó el recuerdo de su voz grave y sus ojos clavados en los míos para sentir cómo esa pregunta —¿Te apetece mañana desayunar?— me quitaba las excusas antes que la ropa. Subí al apartamento y mi mano buscó el ojo de tigre que colgaba de mi cuello. Me aferré a él con fuerza y sentí el frío de la piedra dándome protección y aplomo. Ya no tenía que ser la hija sumisa de nadie, ni esconder mi talento tras un seudónimo nacido del miedo. 

En la habitación de ese apartamento temporal, mi imaginación me hizo tiritar. La luz tenue de la pantalla del móvil iluminaba mi cara y devolvía el reflejo de mis cincuenta y tantos años. Tuve claro entonces lo que Philomena siempre supo: que la seducción más salvaje se da cuando alguien sabe leerte por dentro. Y Valentín Osborne había sabido hacerlo. 

El corazón me golpeaba por dentro mientras mis dedos, de pronto incapaces, tropezaban sobre las teclas del teléfono. Me apetecía desayunar con él, pero no esperar hasta entonces para decirle que sus palabras me habían desnudado despacio en mitad de Madrid. 

Quería vivirme entera y que fuera él quien me estrellase contra cualquiera de sus ideas afiladas que me hacían jadear. 

Por primera vez en mi vida no tuve necesidad de fricción inmediata. Él, sin tocarme, me poseyó a través de una dialéctica salvaje con argumentos de caricias que yo traduje en humedad. Sus pensamientos se enredaron con los míos en una danza sucia y brillante. Me retaba y desarmó mis defensas intelectuales hasta dejarme expuesta por completo.

Intenté controlar el ritmo de mi excitación, pero la humedad no engaña. Cuando el peso de su voz bajó despacio por mi vientre, encontró el eco físico de lo que mi cabeza ya había estado orquestando desde antes de que apareciera. 

Me folló la mente adentrándose en los rincones más oscuros del intelecto sin pedir permiso. Supo leerme los silencios y entender que ahí, justo en la distancia de mis palabras desde el principio, empezó a latir mi deseo. 

Mi cuerpo respondió a un estímulo casi invisible, a la sintaxis exacta del deseo. Cerré los ojos, respiré hondo y me dejé penetrar por la fuerza de un pensamiento que supo con exactitud dónde tocar sin haberme rozado todavía. Cada mensaje era una embestida; cada punto y seguido, una caricia en los pezones.

No fue un gemido el que se me escapó en el clímax, sino un suspiro largo y tembloroso reverberando en la quietud de aquella estancia de pasada. Fue el punto final perfecto para un relato que no había que escribir. Porque así es como se rinde una verdadera amante de la mente: entregando el cuerpo y derramándose solo ante quien primero ha tenido el talento de conquistar su mundo interior.

Entonces firmé por última vez como Philomena y le di a la tecla de publicar. Cerré el portátil; era el momento de vivir entera.

Philomena (Lola Barrios)